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Yo
Fucking Nice
...varios desvaríos de una freak en internet
Fic de Wicked 
1st-Jul-2008 08:53 pm
Wicked: Flying Monk
Sip, fic de Wicked que han leído como tres personas y ya anyway, aquí está paa la posteridad

1.
La primera vez que Fiyero Tiggular salió de los dominios de su residencia habitual en el Castillo del Winkie tenía siete años. Su padre tenía que atender unos asuntos de estado en la gobernación Munchkin y él había insistido diez días con sus diez noches para que le dejase acompañarlo. Le había perseguido por los largos pasillos del ala sur del Castillo, había rogado en todas y cada una de las comidas, había incluso preparado una pequeña redacción exponiendo los motivos por los cuales debería dejarle acompañarle en la mesa de su despacho hasta que su padre por fin se dio por vencido y accedió a llevarle con él.
El Castillo del Winkie era grande. Impresionante, decían los visitantes. Cálido en invierno y agradablemente fresco en verano lleno de muebles de maderas antiguas y telas brillantes y suaves cubriendo las tapicerías y las ventanas. Las alfombras eran de colores vivos, mullidas para amortiguar los regios pasos de sus habitantes y tan libres de polvo que se hubiese podido comer en ella si no fuese pro el desperdicio que eso supondría, dados los grandes salones con amplios ventanales plagados de vajilla de porcelana y plata que tenían destinados a ese fin. Los jardines del castillo llegaban hasta donde alcanzaba la vista desde la torre más alta, verdes, frondosos, ordenados. Con sus estanques y sus bosques, sus prados y sus caminos.
El joven Fiero no concebía siquiera que pudiese existir otro modo de vivir.
La carroza en la que viajaban era tan amplia como para transportar cómodamente a media docena de personas y sin embargo era demasiado pequeña para contener su emoción. Fiero saltaba levemente sobre los mullidos asientos tapizados de raso de color rubí, jugaba nervioso con los tiradores de las cortinas que tapaban las ventanas y examinaba con curiosidad los pliegues de la tela intentando averiguar qué habría al otro lado.
-¿Puedo correr la cortina, papá?
-No hasta que no hayamos llegado
El misterio nunca había sido un buen método para contener la curiosidad, mucho menos aún la de un niño de siete años que buscaba cualquier excusa para acercarse a las cortinas e intentar mirar al otro lado.
Cerca de una hora más tarde, Fiero tenía un plan ¡un plan brillante! Saltaría un par de veces de pie sobre uno de los asientos cercanos a las ventanas, simularía una caída y agarraría uno de los tiradores para provocar el descorrimiento de la cortina. Su padre se enfadaría, por supuesto, pero al menos podría ver como era Oz más allá del Castillo del Winkie.
Por suerte o por desgracia, un estruendo y una gran sacudida le dejó desconcertado y algo dolorido en el suelo de la carroza antes de poner en marcha su brillante, brillantísimo plan.
-¡Por Lurlina, qué demonios ha sido eso?!
-Se ha partido un radio de la rueda, Señor, me temo que tendremos que cambiarla
Su padre esbozó un fastidio y elevó los ojos al cielo mientras en el exterior las voces de los cocheros se confundían con las de la madera de la rueda quejándose crujido a crujido.
Su padre era un hombre corpulento, de ojos severos y bigote afilado al que no le gustaban los contratiempos así que Fiyero, observando cautamente la ansiedad que cubría el gesto distante de su padre se limitó a levantarse del suelo y sentarse con suavidad en su asiento.
El silencio no cundió durante demasiado tiempo, apenas unos minutos después a los ruidos de las reparaciones y las voces medias de los cocheros comenzaron a unirse otro tipo de sonidos. Murmullos, lamentos, pasos fuertes y tediosos rodeando la carroza
No había acumulado demasiadas experiencias a lo largo de sus cortos siete años pero sí las suficientes como para saber que su padre no era un hombre fácilmente aprensible y lo que en aquel momento su expresión parecía reflejar estaba más cerca del miedo que de la impaciencia.
-No te muevas de tu sitio Fiyero
Su padre salió por la puerta lateral de la carroza como una exhalación, sin dejar un minúsculo lugar a duda sobre lo terrible que serían las consecuencias de desobedecerle en su tono de voz y sin embargo…
Sin embargo la curiosidad del joven Fiyero Tiggular, príncipe del Winkie seguía siendo demasiado incontenible para asustarla con castigos futuros demasiado lejanos, mucho más lejanos en cualquier caso que el tirador de aquella cortina.
Se acercó despacio y corrió la pesada tela opaca de la cortina de un solo movimiento decidido.
Los sonidos distantes de lamentos se habían convertido en decenas de caras agolpadas alrededor de la carroza. Caras de hombres, de mujeres, de Animales, de niños como él y más pequeños suplicando una limosna. Iban apenas vestidos, sucios, heridos en algunos casos, con profundas ojeras enmarcando miradas suplicantes y la piel reseca cubriendo sin disimulo más huesos de los que Fiyero había visto jamás en brazos y piernas. Algunos lloraban, todos pedían y a sus espaldas los bastos campos de Oz parecían arrasados y estériles.
Nunca nadie le había dicho que la miseria existía.
Se alejó de la ventana con dos pasos tentativos havia atrás, incapaz de cerrar los ojos, incapaz de mirar a otro lado, incapaz de contener el latido galopante de su corazón o la nausea acelerada de su estómago.
Vomitó dos veces sobre las lujosas superficies de su carroza.
Horas más tarde, ya en la lujosa casa de uno de los consejeros del gobernador Munchkin su padre le contaría sobre la Gran Sequía y las consecuencias de antiguas guerras como si fuesen obra y designios de la Diosa
-No se puede hacer nada, Fiyero- le había dicho – Mirar a otro lado y seguir con tu vida sin complicaciones, eso es lo que hay que hacer.
Pero mirase donde mirase, Fiyero lo único que veía eran aquellas miradas perdidas buscando ayuda y los campos arrasados de Oz.

2.
Apenas era su segundo día en Sith y ya tenía la sensación de que hasta las piedras de las paredes sabían quién era. No era en absoluto una sensación desconocida, ni tan siquiera desagradable pero enfundado en sus gafas de sol con un terrible dolor de cabeza probablemente debido a un exceso de licor de grosellas y una agónica falta de horas de sueño, las “animadas” conversaciones de sus compañeros y las continuas risitas de las chicas a su paso se volvían a cada segundo más y más insoportables.
-Hola Fiyero – a su izquierda un par de chicas una pelirroja y una morena le miraban insinuantes con sonrisas medio escondidas detrás de las carpetas a las que permanecían abrazadas.
-Magnífico baile anoche Fiyero – tres chicos en los colores patrios de Sith pasaron a su derecha dándole sendas palmaditas en los hombros.
Fiyero se masajeó las sienes de camino hacia el claustro dispuesto a poner a prueba su paciencia e intentar sobrevivir a un día de resaca siendo la nueva sensación del campus. En el último momento, justo antes de entrar en la plaza interior del edificio de la universidad constantemente lleno de estudiantes yendo y viniendo algo llamó su atención en un extremo de su campo de visión. Algo verde y brillante.
Una pequeña puerta en el edificio de historia entreabierta que daba a una sala amplia y luminosa, llena de estanterías y libros amontonados en mesas y sillas del color del vino seco, en su interior, resplandeciente y silenciosa, la chica verde del baile se movía con eficacia entre los libros y los escritorios.
Ni siquiera se paró a pensarlo dos segundos y medio, miró a ambos lados esperando que nadie que pareciese dispuesto a seguirle le mirase y con dos zancadas entró en la vieja biblioteca cerrando silenciosamente la puerta tras de sí.
Silencio, ambiente fresco, luminosidad moderada y nada de palmaditas ni risitas. Justo lo que andaba buscando.
Se quitó las gafas de sol y las guardó en su bandolera desplomándose en la silla más cercana a la puerta oportunamente situada en un oscuro rincón de la inmensa sala.
-Debería marcharse ya, señorita Elphaba
La voz proveniente de un Caballo marrón ataviado con un uniforme de bedel de Sith que a Fiyero le había pasado desapercibido era apenas un susurro
-¿Quieres que me marche? – la voz de la chica parecía solo ligeramente decepcionada
-¡No! – se apresuró a decir el Caballo – no, es solo que… usted no tendría por qué estar ordenando libros, señorita, ese es mi trabajo
La chica verde – Elphaba- sonrió y cogió otro libro del montón girando sobre sí misma para encajarlo en su hueco en la estantería. La falda de su aburrido vestido negro voló dejando por un instante que la luz de las ventanas se reflejase en la piel verde de sus piernas resaltando entre los muebles de caoba, su sonrisa blanca, sus ojos azules… había una fuerza magnética en ella, algo que hacía imposible apartar la vista de sus movimientos limpios y ligeros, una sinceridad innata que Fiyero apenas recordaba haber perdido.
Cobijado en la oscuridad Fiyero se acomodó en la silla dejándose vencer sobre el respaldo. Melena larga y oscura, labios carnosos, mejillas definidas y las curvas exactas en los sitios adecuados, si no hubiese sido por el sorprendente color de su piel Fiyero estaba seguro de que hubiese sido una verdadera belleza, aunque por otra parte tampoco estaba seguro de que el color verde desmereciese demasiado el conjunto. La luz se movía a su alrededor haciéndola brillar como una esmeralda en el terciopelo rojo.
Más tarde alguien vendría a buscarle, una de esas chicas cuyo nombre no recordaría aunque su vida dependiese de ello solicitando que la acompañase a algún ugar, o cualquiera de sus compañeros de equipo para practicar el deporte de moda y Fiyero deseó con todas sus fuerzas que alguna de esas cosas pudiese darle tanta paz como ver a aquella chica verde colocar libros en una vieja biblioteca.

3.
Fiyero miró el reloj, cogió la chaqueta y se la puso mientras cerraba la puerta de la habitación hábilmente con un movimiento del pie derecho. Avanzó por los pasillos todo lo rápido que le permitieron sus piernas sin llegar a correr, abrochándose los botones por el camino mientras calculaba mentalmente.
Había quedado con Galinda a las ocho. Galinda siempre tardaba unos veinte minutos más de lo acordado, eso le daba…
Frenó el paso un par de metros antes de llegar a la puerta de su dormitorio y se esforzó en controlar su respiración mientras echaba un último vistazo a su reloj de muñeca: las ocho menos diez.
Inspiró hondo y llamó a la puerta de la habitación de Galinda esperando una respuesta, cuando diez segundos más tarde nadie había contestado se alisó la chaqueta y abrió la puerta cerrándola a su paso.
El dormitorio perteneciente a dos mundos opuestos parecía desierto. Glinda estaría en el baño, claro pero…Dio dos pasos tentativos agudizando el oído y pronto una lejana melodía canturreada le hizo esbozar una sonrisa abierta. No había terminado de procesar la localización exacta de la fuente del sonido cuando la puerta del otro baño se abrió repentinamente dejando al descubierto una canturreante chica verde enrrollada en una toalla con el pelo mojado recogido en un moño mal hecho y gotas resplandecientes resbalando por la gran cantidad de piel oliva expuesta
-Oh
-Interesante modo de recibir a las visitas, señorita Elphaba
Also parecido a un rubor color rubí prendió por las mejillas de la chicha y Fiyero no pudo evitar una carcajada de baja intensidad
-No sabía que tendríamos…- hizo un gesto nervioso, extraño en ella – que Galinda tendría visita
-Doy fe de ello
Tensa como el metal forjado a base de golpes y sin dejar atrás el rubor que no podía ocultar Elphaba inspiró hondo y subió la barbilla demostrando una forzada dignidad mientras apretaba con fuerza el nudo que sujetaba la toalla en la que se envolvía hasta las rodillas
-Seguro que lo hará, Señor Fiyero y ahora, dado que Galinda tardará todavía un rato- extendió un mano señalando con fingida amabilidad hacia la puerta
-Creo que me quedaré aquí a esperarla- se sentó lentamente en una butaca barroca que reposaba en la mitad de Galinda de la habitación y cruzó las piernas a la altura de los tobillos recostándose sobre el respaldo y elevando los brazos para cruzar las manos tras la nuca – el panorama, cómo decirlo, pinta más interesante.
-Y ahí va el chiste verde del día ya puedes ir corriendo a presumir de ingenio y contar a tus compañeros como mi color verde tampoco se debe a la falta de higiene
Menos tensa, más furiosa, igual de verde que siempre pero Fiyero no pudo evitar reir todavía un poco más
-Por favor… - dice llevándose una mano al pecho y haciéndose falsamente el ofendido – soy todo un caballero
Furia verde, los mechones mojados escapándose del moño se pegaban a la piel de la espalda descubierta por la toalla. Cogió el vestido más cercano colgado de una percha y dio media vuelta airada en dirección a su cuarto de baño.
Apenas cinco minutos después Galinda todavía no había hecho acto de presencia en la habitación pero la puerta del cuarto de baño de su compañera volvía a abrirse, esta vez para dar paso a la totalmente seca y vestida Elphaba que acostumbraba a dejarse ver.
Sin dignarse a mirarle siquiera cogió un par de libros, algunos apuntes y una pluma y comenzó a meterlos disciplinadamente en su bolso.
-¿No va a venir al baile de esta noche, señorita Elphaba? Me temo entonces que la noche estará algo aburrida sin sus bailes
No podía evitarlo, quizás era el reto, quizás la novedad de una joven que se resistía a intentar caerle bien pero provocarla se había convertido en su pasatiempo favorito
Elphaba sonrió tan sinceramente que se le olvidó respirar durante un segundo o dos. La mirada perdida en algún punto desconocido escondida bajo el ala ancha de un sombrero negro.
- Prefiero estudiar biología de los cultivos– se cruzó la bandolera por encima del pecho y le dedicó una última mirada carente de resentimiento – después de todo, no todas podemos ser princesas.
La puerta se cerró tras ella sin hacer ruido pero causando un gran estruendo, del mismo modo que todo lo que hacía aquella chica que desde el último poro de su pies se negaba a ser como los demás
-No todas lo necesitan – murmuró Fiyero a una habitación demasiado vacía.
Suspiró hondo haciendo tiempo para los interminables minutos que aún le quedaban por delante tratando de borrar esa sensación incómoda de la boca del estómago, esa que se empeñaba en recordarle que lejos de las fiestas y las princesas emperifolladas, todavía existían campos arrasados en Oz.

4.
Dos meses en la misma escuela universitaria. Aquello era sin lugar a duda un record sin precedente en su expediente académico y para ser del todo sincero consigo mismo Fiyero tenía la impresión de que el record podría incluso llegar a prolongarse al curso entero.
Quién se lo iba a decir de la vieja Sith, si solo pudiese conseguir no tener a Galinda permanentemente colgada de su brazo podría incluso asegurar que terminaría graduándose allí.
Casi como si de una premonición de tratase, los inconfundibles tonos rosas de la ingente cantidad de accesorios que caracterizaba a Galinda apareció por el horizonte y casi por instinto Fiyero se adentró en el primer escondrijo que encontró. La pequeña entrada exterior a la vieja biblioteca de color borgoña.
Cerró la puerta tras de sí, sin atreverse a moverse hasta que más allá de la madera, los agudos llamamientos de Galinda se iban alejando cada vez más.
-Señorita Elphaba, no la esperaba hasta… - de detrás de las estanterías el Caballo marrón encargado del cuidado de la biblioteca apareció llevando un par de libros entre las herraduras – oh, discúlpeme señor, le había confundido ¿puedo ayudarle en algo, señor?
Las torres de libros, interminables, se amontonaban por doquier entre las mesas de acoba y las estanterías infinitas que se adentraban hasta donde no llegaba la luz de los ventanales.
-No, no, es solo que… - Fiyero miró a su alrededor y aventuró un vistazo a través de las ventanas translucidas que no dejaban adivinar las formas pero sí los colores de los estudiantes de Sith - ¿Le importa si le ayudo a colocar los libros?
El Caballo se limitó a mirarle fijamente durante unos instantes, como si cada palabra necesitase de un análisis de segundas intenciones mientras en el claustro, el nombre de Fiyero resonaba en las agudas cuerdas vocales de Galinda a frecuencias que solo los perros y aparentemente él podían percibir.
-Sé que Elphaba le ayuda y…
-Oh ¿es usted amigo de la señorita Elphaba? – le interrumpió el Animal – Sí, claro, por supuesto. Pero pase, pase, no se quede en la puerta
Había una amabilidad desconocida en sus palabras, en sus formas, en su manera de explicarle pacientemente el riguroso proceso de colocación de los libros, como si el solo nombre de Elphaba fuese capaz de obrar milagros.
-Es un ángel esa chica, un ángel – desvariaba el Caballo mientras colocaban parte de las enormes columnas de libros en horizontal que adornaban la estancia – a veces incluso practica algún hechizo para ayudarme con esta tarea degradante. Yo solía ser profesor de Filosofía ¿lo sabía usted? No, claro que no – Fiyero asistía no del todo perplejo a aquel despliegue de orgullo casi paterno – y canta… ¿la ha oído usted cantar?
-Algo así- murmuró
-Cómo los ángeles, un auténtico ángel…
Un ángel capaz de fulminarle con una mirada y perdonar la vida con un desdén a cualquiera de sus compañeros en cualquier momento, eso desde luego.
Quizá habían transcurrido veinte minutos, quizá algo más de hora y media pero cuando la estrecha puerta exterior de la biblioteca volvió a abrirse las sienes de Fiyero estaban húmedas de sudor, sus ropas cubiertas de polvo centenario y la pila de libros más cercana a su puesto había disminuido considerablemente
-Señor Trox, he venido en cuanto he podido, la señora Morrible ha insistido en que…
La sonrisa de Elphaba se congeló en cuanto sus ojos se cruzaron al amparo de la luminosidad del ventanal. Su piel verde relucía entre el color rojizo de los muebles como la última vez que Fiyero la vio allí y aunque probablemente no fuese lo más inteligente no pudo evitar sonreír.
-Oh, no se preocupe señorita Elphaba, no es su trabajo. Además su amigo, el joven Fiyero me ha estado ayudando en su lugar.
La chica arqueó las cejas incrédula y cruzó los brazos sobre el pecho, quizá esperando la burla o el reproche que estaba segura la esperaban a la vuelta de la esquina, cuando medio minuto más tarde ninguno de los presentes había añadido nada más, Elphaba sacó un trozo generoso de tarta de grosellas de su bandolera gris y lo puso encima de la mesa.
El color de la tarta hacía juego con los muebles y contraste con las manos de la chica.
-He traído la merienda, creo que habrá suficiente para los tres
Partió diligentemente la tarta en tres pedazos ofreciéndole el primero al encargado de la biblioteca y alargando las manos en su dirección para ofrecerle el segundo con una sonrisa encantadora que Fiyero nunca había visto dirigida a él y que quizá, después de todo sí tenía algo de angelical.
Cuando sus dedos se rozaron la tarta quedó suspendida unos segundos en el aire, como por arte de magia, como si el cielo y el tiempo se hubiesen parado con el solo propósito de que a Fiyero le recorriese un escalofrío por todo el cuerpo.
-Creo que debería marcharme – retiró la mano con la tarta como si el tacto de su piel verde le hubiese quemado los dedos – Galinda me estará buscando
-Por supuesto
-Además, no todos podemos ser ángeles – dijo haciendo un guiño intencionado al Caballo que pareció sonrojarse de inmediato mientras devoraba su merienda
–Sí, sí que podemos – le replicó Elphaba con cierta tristeza y él no pudo más que sonreir con esa misma tristeza y despedirse rápidamente con un par de sinceros movimientos de cabeza.
Cuando Fiyero salió de nuevo a la luz del claustro con el trozo de pastel de grosellas en la mano, el trajín de los estudiantes, sus conversaciones bailarinas sobre fiestas y celebraciones resonaron en sus oídos como palabras vacías que se llevaba el viento.
-Habéis oído la última -dijo uno de los chicos gilikineses que pasaba junto a él de camino al edificio de ciencias – Elphaba ahora se dedica a trabajar con los criados ¡¡gratis!!
A las risas de sus compañeros le siguió una punzada en la boca del estómago y recordó una nausea traicionera que no sentía desde los siete años.
Fiyero respiró hondo y miró hacia otro lado.

5.
-… o si no, no serías tan infeliz
-Bien, si no quieres mi ayuda…
-¡No!
La mano de Elphaba parecía haberse colado entre los huecos de la suya como un guante de terciopelo, suave, cálido, nacido con el único propósito de cubrir sus dedos.
Le dolía el pecho, el corazón le palpitaba demasiado rápido para no ser doloroso y su mente daba vueltas con posibilidades infinitas, impensables, verdes…
El pequeño león temblaba en su caja y a Fiyero le dolía en el alma cada uno de sus lamentos, la misma alma que adolecía con los remordimientos de no haber hecho nada cuando aquellos desconocidos se habían llevado al profesor, aquella misma alma que todavía ardía ante la vista de campesinos mugrientos mendigando limosna y los campos estériles de Oz a sus espaldas. La misma que encontraba un momento de paz cuando Elphaba le miraba con aquellos ojos sinceros color agua de mar.
Más que nunca en toda su vida aquella vez quiso creer en ser genuinamente egoista y profundamente superficial, en que bastaría mirar a otro lado para evitar el dolor de un alma vieja.
Aquella noche su mente hizo un último esfuerzo y eligió a Galinda
Aquella misma noche, su corazón dejó de luchar y escogió a Elphaba.
 
Comments 
4th-Jul-2008 08:27 am (UTC)
¿Éste fue el primer fic de Wicked que escribiste?

Porque WOW y tal. Fiyeeeeeeeeero *hearts* Cuando llego al momento de la mano siempre me hago charquito. No falla.
This page was loaded Nov 24th 2017, 1:38 am GMT.