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Yo
Fucking Nice
...varios desvaríos de una freak en internet
Ironfic: seguimos con la copla. 
18th-Nov-2008 08:51 am
IM: Gu!
Antes que nada ((((blumis)))) por un regalo de cumpleaños tan guayoso a parte de la tarta de cumpleaños en aguas internacionales.





-No.

Y será la vigésimo primera noche cuando anochezca en veinte escasos minutos. En la otra punta de la ciudad los periodistas ultiman detalles apostados en la puerta del Disney Hall rodeados de gente de todas clases, armadas con cuadernos de autógrafos y cámaras de fotos digitales esperando su presencia sobre la alfombra roja.

-Pepper…

-No

Recostado sobre su hombro derecho en el marco de la puerta de su dormitorio, Tony Stark podría parecer cualquier cosa menos material de revistas de moda. Camiseta ancha y sucia, vaqueros rasgados y algo de fastidio en la mirada; material de otro tipo de revistas, desde luego.

-Pero…

-No.

Con movimientos eficientes y delicados Pepper va de la cama al armario y del armario a la cama donde va dejando en perfecto orden y con una pulcritud casi exagerada la ropa que se tiene que poner en un par de horas. Apoya sobre la camisa de cuello vuelto de Arman una aburrida corbata azul oscuro y gris plata que seguramente haya tenido que rescatar de las profundidades más recónditas de su guardarropa.

No piensa llevar esa corbata.

-No pienso llevar esa corbata. Es fea. Y aburrida. Y seria – espera a que ella se de la vuelta y le censure con la mirada – tengo una reputación que mantener.

-La corbata fue un regalo de Navidad del consejero de Energía y Comercio gracias al cual tenemos un contrato con el gobierno de Estados Unidos para los próximos cinco años que ha hecho subir las acciones una media de doce puntos- cruza los brazos sobre el pecho retándole a que le contradiga- vas a llevar exactamente esta corbata.

Cómo es capaz de recordar quién le regalo qué hace Dios sabe cuánto y dónde está guardado es algo que la ciencia debería estudiar. Algo que él debería estudiar. Con detenimiento. Un día de estos.

Los segundos pasan, se alargan, se encogen, él sigue apoyado en el quicio de la puerta, manchado de grasa, indecente. Ella espera con los brazos cruzados y la mirada firme, impecable, perfecta.

-¿De qué color es tu vestido?

-Azul- no parece sorprendida por el cambio de tema pero su expresión no se relaja ni un solo milímetro.

-Perfecto – dice sonriendo y por fin se decide a entrar en la habitación quitándose la camiseta en el proceso y dejándola caer sobre el suelo en cualquier sitio- hará juego con mi corbata.

-Tony, ya te he dicho que no – le mira a los ojos y cambia infinitesimalmente la orientación de su postura para seguir de frente a él en todo momento según camina por el dormitorio.

-Si quieres que lleve la corbata tendrás que ser mi acompañante en el baile- se desabrocha los vaqueros y camina un par de pasos más dejando que la cintura del pantalón se escurra por debajo de los huesos de sus caderas.

Pepper descruza los brazos y busca a tientas en el bolsillo de su chaqueta su Blackberry comprobando algo con dedos frenéticos mientras el aire de la habitación parece haberse quedado estancado.

-La portada de mayo de FHM está libre y a la espera de que confirmes la cita.

-Llevaré una corbata fucsia, Potts – empuja con los pulgares el vaquero en dirección al suelo hasta que la prenda cede a la gravedad- sin camisa. – y da un par de pasos más dejando atrás los pantalones abandonados.

Ella le mira a los ojos un par de segundos antes de volver a su Blackberry como si fuese el espejito mágico que tiene todas las respuestas.

-Gisselle Bunchen está en la ciudad.

No le está escuchando, no le está prestando, ni de lejos, la atención que se merece.

-Lo mismo ni siquiera llevo pantalones- dice y solo para dejar más clara su posición da una zancada kilométrica y se coloca a escasos diez centímetros de ella- posiblemente ni siquiera me moleste en ducharme – y engancha sus pulgares en la cinturilla de los boxers.

-¡Tony! – el tono de su voz ligeramente más agudo, la respiración ligeramente más agitada y un ligero rubor le cubre toda la piel hasta donde su vista alcanza. Sonríe y Virginia Potts parece a punto de estallar en llamas. Ligeramente.

-¿Si?

-Estás invadiendo mi espacio personal.

-Tal y como yo lo veo, y teniendo en cuenta que ésta es mi residencia personal, todo el espacio que hay es mi espacio personal.

Pepper eleva los ojos al cielo, suspira, evita que su mirada se desvíe más abajo de sus ojos y vuelve a suspirar. Nerviosa.

-Pues ve a ocupar alguna otra parte de tu espacio personal.

-Me gusta más ésta – se inclina un poco para aspirar las partículas de aire que rodean el cuello de su asistente y vuelve a su posición original- Huele mejor.

Ni siquiera parpadea cuando le responde, levantando levemente la barbilla como si estuviese a punto de desbaratarle alguna coartada- No llevo perfume.

-Lo sé.

Se vuelve a inclinar sobres su cuello aspirando profunda y sonoramente y permanece en esa posición tres o cuatro respiraciones más hasta que vuelve a enderezarse sin previo aviso para descubrir, gratamente, que la mirada de su asistente está bastante más abajo de la decorosa línea de sus ojos.

-Me estás olfateando- se queda a medio camino de la pregunta y la afirmación.

-Y tú me estás haciendo un traje con la vista.

Le sostiene la mirada. Unos segundos, de esos que duran bastante millones de años. Da un par de pasos hacia atrás y vuelve a desviar su atención hacia el pequeño aparatito con el que, probablemente, podría dominar el mundo.

-Si te metes ahora mismo a la ducha todavía puedes llegar a tiempo de recoger a…

Eleva los ojos al cielo y extiende una mano con cierta urgencia.

-Baila conmigo.

-¿Qué? No. No tienes tiempo para…

Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Recorre de una sola zancada sus dos pasos de distancia, se abalanza sobre ella, le rodea la cintura con el brazo derecho y la besa durante el tiempo suficiente para dejar clara su posición sin darle tiempo a reaccionar y emprende la huida hacia la ducha.

-Entonces, ¿le doy a Happy la dirección de Giselle o de Mayo?

Tony se deshace de la última prenda que le separaba de estar completamente desnudo como única respuesta y sigue su camino hacia el baño con parsimoniosa ceremonia.

Esa noche, miles de cámaras lanzan sus flashes sobre la alfombra roja del Disney Hall capturando la instantánea de Tony Stark, el hombre del año, descendiendo de su limusina del brazo de la imponente portada del mes de mayo de la revista FHM.

Esa misma noche lo que las cámaras no captan es a Tony Stark salir discretamente por la puerta trasera para empleados.

Vuelve a casa acompañado, después cuatro copas y ningún baile, y cuando, en un alarde de caballerosidad que solo le caracteriza de tanto en cuando, da las buenas noches a Pepper Potts, al otro lado de la ciudad Mayo flirtea con un productor de Hollywood sin haber cruzado más de dos palabras con el infame Tony Stark.
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La vigésimo segunda noche Tony cena restos recalentados en el microondas mientras ve con cierta desidia el último reality de la MTV, algo relacionado con lesbianas y no-gays pretendiendo a una bisexual bastante sobrevalorada para su gusto.

Su asistente hace varias horas que se ha ido a su casa en lo que debe ser una señal inequívoca de la llegada del fin del mundo y no le ha dejado nada pendiente de firmar, revisar o concretar, una señal aun más apocalíptica si cabe.

A las doce apaga la televisión.

A la una da un breve paseo por la playa.

A las dos de la mañana se sienta en la terraza de la piscina con un viejo álbum de fotos en una mano y una botella de whisky en la otra.

Pasa las páginas sin demasiado detenimiento, mirando apenas por encima las fotos que en su mayoría reflejan a un Obidaiha Stane con más pelo del que recuerda y menos arrugas sonriéndole cínicamente.

No tiene conflictos morales sobre lo que hizo, no se plantea si hubo algún otro modo de detenerle que no implicase acabar con él y trata fervientemente de no pensar demasiado en qué otros esqueletos guardaba en el armario sin que nadie lo supiese. Recuerda, sin embargo la primera vez que llegó a casa con más copas de las que debería; tenía diecisiete años y lo único que le dijo Obi fue avisarle de la resaca que efectivamente tuvo al día siguiente.

No recuerda la primera vez que trajo una mujer a casa para pasar la noche y no volverla a llamar pero tampoco recuerda ningún tipo de consecuencia al respecto.

Su primer diseño de un arma, su primer flirteo con la ilegalidad, la primera vez que obvió alguna responsabilidad porque simplemente era demasiado aburrida…

La luna se refleja vibrante sobre el agua de la piscina y desde una de las fotografías, un muchacho de veinte años con una sonrisa demasiado arrogante para su propio bien le devuelve la mirada. Y duele.

Duele en ese chico que nunca tuvo límites, ni castigos, ni reprimendas, solo oportunas palmaditas en la espalda para mantenerle fuera de su camino y en el centro de todos los objetivos, distrayendo la atención.

Duele cuando mira a ese muchacho altanero y se pregunta que clase de persona hubiese podido llegar a ser si sus padres hubiesen vivido, si Stane hubiese sido lo que aparentaba, si solo hubiese sido un poco más listo y se hubiese dado cuenta de su juego desde el principio.

La luna se refleja vibrante sobre el agua de la piscina hasta que un viejo álbum de fotos atraviesa el espejo líquido y rompe su imagen.

Ahora solo le queda esperar que no sea demasiado tarde.

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La vigésimo tercera noche es noche de accionistas.

Oficialmente el evento consiste en una cena de postín en un reservado discreto de alguno de los restaurantes más desorbitadamente caros de todo Malibú, pequeños bocados de comida con nombres impronunciables en platos exageradamente grandes por los que cobran precios inmorales, alcohol proveniente de brebajes exclusivos embotellados en países lejanos, puros cubanos de importación ilegal y una agradable charla entre caballeros y alguna que otra dama hasta altas horas de la madrugada.

Tradicionalmente la noche de accionistas consiste en poca comida, mucho alcohol, preguntas incómodas sobre beneficios o la línea de marketing del grupo Stark y toda la planta de un hotel reservada para Tony Stark, algunos de los no tan caballerosos miembros de la junta y todas las chicas guapas de Malibú mayores de edad con ganas de pasar la madrugada por todo lo alto.

Esta noche sin embargo, después de un foie con frambuesas un tanto mediocre, una crema de ingredientes indefinidos y color sospechoso y un par de bourbons que no valían su precio en absoluto, Tony recorre el pasillo que da al salón en una ligera penumbra.

-Jarvis, activa el protocolo 10.30

Termina justo de decirlo cuando accede al salón principal donde la luz está encendida, la televisión está silenciosamente puesta y Virginia Potts continúa trabajando en el sofá.

-En seguida estará listo el jacuzzi, Señor.

Sin chaqueta, descalza, con la camisa arrugada, una pierna doblada sobre la que se sienta inclinada hacia el ordenador que reposa en la mesita de café y es la voz de Jarvis lo que la saca de su estado de profunda concentración laboral.

Levanta la vista, le mira, parpadea, mira el reloj y el silencio es tan claro que se pueden oír los pasos de Happy acercándose por el pasillo.

Como activada por un resorte se pone en pie cerrando la tapa del portátil en el proceso y comienza a buscar frenéticamente sus zapatos mientras Tony permanece en la entrada del salón, inmaculadamente vestido con chaqué negro y fular blanco, pelo engominado, barba recortada y una expresión entre sorprendida y divertida mientras se mete las manos en los bolsillos del pantalón.

-Buenas noches, Señorita Potts.

Ha encontrado los zapatos y trata de coger el portátil con una mano mientras agarra la chaqueta con la otra

-Buenas noches Señor Stark. No le esperaba tan pronto.

Rodea la mesita con paso presto y comienza a atravesar el salón en dirección a la salida cuando los pasos de Happy se hacen más fuertes y presentes.

-Buenas noches señorita Potts – dice el conductor apareciendo en la estancia y cargando un par de bolsas con el anagrama de industrias Stark - ¿Dónde quiere que deje esto, Señor?

-Déjalo donde quieras, gracias Happy.

Happy se mueve, deja las bolsas en un discreto rincón, vuelve a dar las buenas noches, se retira, Jarvis informa del estado de llenado del jacuzzi, de la temperatura ambiente y de la apertura de la bolsa en Tokio pero Pepper no se mueve un solo milímetro del trozo de tarima entre el sofá y el pasillo en el que parece haberse quedado clavada.

-Vienes solo – dice por fin y Tony solo acierta a enarcar las cejas.

-Sí.

Y durante un par de segundos más podría parecer que no sucede absolutamente nada para un observador casual, sin embargo Pepper entorna los ojos muy sutilmente y tensa la mandíbula y Tony sabe que sus engranajes mentales funcionan a ritmos vertiginosos así que saca las manos de los bolsillos y cruza los brazos sobre el pecho convenciéndose aún más profundamente de que su asistente se escapa completamente de los límites de su comprensión.

Virgina Potts comienza a andar de nuevo hacia el sofá. Se para. Se da la vuelta. Abre la boca como si fuese a decir algo. No dice nada. Se da la vuelta de nuevo. Comienza a andar otra vez, se vuelve a parar una vez más.

-¿Potts?

-No hay chicas por las mañanas.

Si no fuese porque está seguro de conocer a la perfección la voz de su asistente Tony habría pensado que por fin ha sucedido, está completamente majara y tiene alucinaciones auditivas venidas del más allá.

-¿Qué?

-En tu habitación- matiza- no hay chicas por las mañanas.

Podría jugar a su juego habitual de las dobles intenciones y los triples sentidos y decir que es una afirmación bastante inexacta porque ella es una chica y en algún momento de la mañana suele aparecer por su habitación. Podría jugar al juego ocasional de las verdades vestidas de comedia y decir que es una consecuencia directa de que no haya chicas en su habitación por las noches. Podría incluso jugar a intentar escandalizarla y decir que no, no hay chicas pero que guarda a sus nuevas conquistas en el armario.

Podría pero no lo hace.

-No.

-Ya.

Y si se supone que hay algo que debería decir, no tiene ni la más ligera intuición sobre qué podría ser así que, se quita el fular y la chaqueta y los deja apoyados en el mueble más cercano, se descalza dejando los zapatos abandonados a su paso y se desabrocha los puños de las mangas mientras atraviesa el salón en dirección al piano.

-El jacuzzi está lleno, Señor.

-Gracias Jarvis, mantén el agua a la temperatura prevista- dice y comienza a tocar el piano porque de repente hay demasiado silencio a su alrededor y no se le ocurre otro modo más adecuado de espantarlo.

-No deberías hacerlo.

Tony deja de tocar y levanta la vista. Pepper no parece haberse movido del mismo metro cuadrado en el que lleva atrapada los últimos minutos pero abrazada al portátil su expresión es resolutivamente decidida.

-¿Tocar el piano?

-No.

Podría jurar por Dios si creyese en él, que no tiene ni la más remota idea de lo que está hablando

-¿No debería de hace qué?

-Lo que quiera que sea que estás haciendo.

Si no fuese porque está bastante seguro de que es imposible, se plantearía el hecho de que se le hayan caído varios puntos de cociente intelectual por el camino.

-Vale, ¿Pepper te has golpeado la cabeza? ¿Con algo pesado, quizás?

Ella eleva los ojos al cielo y camina un par de pasos en su dirección.

-La cosa de las chicas.

-No hay cosa de las chicas.

-Exacto.

-¿Estamos hablando el mismo idioma? Porque esta conversación me está haciendo sentir bastante estúpido lo cual es algo que ni me agrada demasiado ni me pasa a menudo.

Suspira hondo como si estuviese conteniendo el impulso de darse cabezazos contra algún cuerpo sólido y avanza apoyando el ordenador sobre la superficie del piano

-Ya no traes a chicas aquí.

-Creí que eso ya había quedado sobreentendido.

-¿Tiene algo que ver…?- Se interrumpe cambiando de pregunta - ¿He hecho o dicho algo que haya podido hacerte sentir incómodo con la situación? Porque si es así…

-¿Qué? No, ¿Qué?- Y de repente en el esquema general de las cosas que figura en su cabeza algo comienza a cobrar sentido. De un modo muy, muy tangencial - ¿Quieres decir algo como casi besarme en un balcón? Y quiero dejar constancia que he llegado a esa hábil deducción porque claramente soy un genio y no porque estés hablando con ningún tipo de coherencia.

Sonríe, tapa las teclas del piano y se apoya sobre la caja esperando su respuesta.

-Yo no… -Pepper deja salir el aire de sus pulmones en una sola expiración y baja los hombros dándose evidentemente por vencida. En el trascendental marcador mental de la historia de sus conversaciones Tony se anota un punto. Pepper Potts 48.512, Tony Stark…10. O así- Había bebida – trata de excusarse.

-No estabas borracha.

-Estaba ligeramente influenciada por el alcohol.

-Yo no.

-Sí, pero tú no hiciste nada.

Parpadea, la mira atentamente y parpadea un poco más.

-¿Disculpa? En serio Pepper ¿Te has golpeado la cabeza con algo extremadamente pesado?

Está dispuesto incluso a cerciorarse de que no tiene ninguna brecha bajo la pelirroja cabellera. Podría hasta hacer el esfuerzo de comprobar rigurosamente que no tiene ningún golpe en ninguna otra parte de su cuerpo, solo para estar seguro.

Pero en lugar de eso extiende una mano.

-Baila conmigo- dice.

Y ella le mira como si fuese la idea más ridícula y extravagante que jamás ha tenido, más que aquella de echar gel espumoso en la depuradora de la piscina, pero coge su mano.

-No puedes pretender acabar las discusiones así – dice mientras se deja llevar

-Shhh Pepper, estamos bailando

No hay música mientras giran a pasos tan lentos que parece un baile de planetas, tampoco reproches ni bromas ni malentendidos, tan solo ellos dos.

En un baile de planetas.


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Es noche cerrada en Malibú y las estrellas se han olvidado de salir a darle la bienvenida. A través del traje la brisa marina se cuela por las rendijas avisándole de que está llegando a casa incluso antes de que pueda divisar la línea de costa sin ayuda de sus sensores.

Llega tarde.

Llega cinco horas y dos impactos de cañón más tarde de lo previsto y el reactor de su pecho luce con pereza cuando comienza a inclinarse para descender en vuelo raso por la rampa del garaje.

La armadura, deformada por los golpes que no ha podido esquivar, se hunde y le presiona sobre la carne magullada del hombro izquierdo y la pierna derecha donde el traje ha parado las balas, haciendo que le duelan los huesos por debajo de la piel y que se tenga que concentrar en ignorar el dolor.

Son las tres y media de la mañana cuando posa sus pesados pies sobre el pavimento y Jarvis no le da la bienvenida. Ninguna de sus pequeñas mascotas robóticas enciende la televisión o la música a su llegada ni se afanan con dificultad en quitarle la armadura de titanio en una extraña rutina silenciosa. No es hasta que consigue zafarse del traje y va en busca de algo de hielo para ponerse sobre la creciente marca morada que se descubre por debajo de la camiseta sin mangas que atina con la causa de tanto misterio.

En el sofá del garaje y doblada sobre sí misma como un ovillo humano Pepper Potts, duerme agazapada sobre los cojines. Lleva los pantalones cortos y camiseta de tirantes que utiliza para dormir cuando no es prudente volver a casa y el calor apremia más allá de las cristaleras panorámicas, el pelo suelto desparramo sobre los hombros y la cara hundida entre las manos.

Descalzo, con el pelo alborotado, los pantalones de chándal y camiseta gris sin mangas que suele llevar debajo de la armadura, Tony Stark se queda sin respiración. Tras no pocos años de leal servicio, la parte de su cerebro que se ocupa de hacer que entre y salga aire de sus pulmones simplemente deja de funcionar. Bye-bye, chao, hasta luego; fue bonito mientras duró.

Se olvida del hielo, obviamente, y de la molesta sensación de la sangre de los capilares rotos encharcándose bajo la piel de su pierna. Se olvida del sonido de las balas rebotando sobre su blindado y cuando da tres pasos y medio más, se olvida también de que fuera de esa habitación exista el mundo. Un mundo. Cualquier mundo.

Se acerca y se agacha quedándose de cuclillas frente a ella porque hace tiempo que ha dejado de cuestionarse las leyes de la física. Virginia Potts es una supernova y él es tan solo un humilde satélite que lucha por mantener el equilibrio y sin colapsar su órbita continuamente abalanzándose sobre ella.

Huele a jabón sin perfume y no hay rastro de maquillaje en su cara donde las pecas florecen a su antojo. Sus manos aprietan un trozo de tela donde ha hundido la nariz y si no le retira ese mechón pelirrojo de la cara probablemente tendrá pesadillas repitiendo este momento por los siglos de los siglos.

O tendrá otro tipo de sueños completamente distintos persiguiéndole madrugada tras madrugada.

Alarga el brazo que no necesita cuidados médicos diversos y comienza a retirarle el pelo de la cara con toda la suavidad de la que su cuerpo puesto de adrenalina es capaz cuando Pepper abre los ojos.

Ninguno de los dos se mueve durante unos segundos, el tiempo exacto que tarda ella en parpadear un par de veces y bajar la mirada de la altura de sus ojos a sus hombros y se incorpora casi violentamente.

-Necesitas hielo ¿Tienes más heridas?

No pregunta qué ha pasado ni dónde ha estado ni ninguna otra trivialidad que no requiera su inmediata atención. Estira las piernas, termina de incorporarse se levanta y en un suave movimiento se las ingenia para darle la vuelta y sentarle en el sofá mientras ella va a por el hielo y el botiquín de primeros auxilios que casi parece un quirófano plegable.

Le duele el hombro y la pierna aunque solo una décima parte de lo que sabe que le dolerá mañana junto con otras partes variadas de su cuerpo que en unas horas serán como pequeños trozos de infierno clavados en su cuerpo y que ahora ni siquiera sabe que existen.

Echa la cabeza hacia atrás recostándose en el sillón y respira hondo procurando no pensar en nada, a ver si es posible ahorrarse el dolor de cabeza a juego con el resto de dolores de diferentes miembros, y trata de relajarse estirando en la medida de lo posible brazos y piernas hasta que su mano derecha da con algo relativamente suave y templado y comprueba, abriendo un ojo, que es el trozo de tela en el que Pepper tenía hundida la nariz hasta hace escasos momentos y cuando se la lleva a su propia cara e inspira profundamente, comprueba con cierta sorpresa que no le huele a absolutamente nada.

Abre los ojos y se esfuerza en extender la prenda con sus manos hasta que el barullo de tela se desenreda presenta frente a él con la forma inequívoca de una camiseta. De una camiseta de hombre para ser exacto. De una camiseta de hombre con un agujero circular a la altura del pecho para ser del todo riguroso.

Devuelve la camiseta a su sitio original justo antes de que Pepper vuelva a aparecer en su campo de visión con una bolsa de gel frío en una mano y el botiquín en la otra. Lo primero lo apoya delicadamente en su hombro y lo segundo en el suelo

Maniobra con eficiencia en el espacio que hay entre sus rodillas, inclinada sobre él, hundiendo los dedos entre su pelo en busca de brechas o chichones, presionando levemente sobre su pecho en busca de costillas rotas, levantando suavemente el final de su camiseta en busca de laceraciones…

-Aquí vas a necesitar unos cuantos puntos.

Dirige la mirada hacia donde Pepper se refiere, un corte diagonal no demasiado profundo que empieza en su abdomen por debajo de la camiseta y acaba en algún punto por debajo del hueso de su cadera derecha.

Se arrodilla, abre el botiquín y prepara un par de gasas, alcohol, yodo y puntos adhesivos antes de comenzar a bajarle con sumo cuidado la cinturilla del pantalón para dejar al descubierto la herida.

O al menos eso es lo que Tony cree que hace porque lo cierto es que Pepper arrodillada entre sus piernas bajándole los pantalones suscitan una variedad muy concreta de diferentes escenarios en su mente hiperactiva, así que vuelve a cerrar los ojos y a echar la cabeza hacia atrás apoyándose en el respaldo porque francamente, puede que sea el lugar y la compañía pero desde luego no es el momento de justificar su merecida fama de pervertido. Piensa en Afganistán, y en la camiseta que yace arrugada en el sofá y antes de que se de cuenta los dedos de Pepper se pasean sobre el hueso de su cadera lo que debería doler mucho, mucho más de lo que duele.

-Cuando desperté y tenía una batería conectada a un imán en el pecho no me dejaron dormir durante cinco días seguidos- los dedos de Pepper se detienen momentáneamente, probablemente porque nunca antes ha mencionado Afganistán- Lo cual supongo que funciona con las personas que no están acostumbradas a vivir una semana entera de resaca. Luego pasaron a los métodos más tradicionales de cabeza bajo el agua y escasez de comida y bebida. A veces oía tu voz justo antes de desmayarme, como cuando tratabas de despertarme después de una noche en Las Vegas, y todo parecía igual de… irreal.

Respira hondo y suelta el aire de un solo golpe mientras ella continúa limpiándole la herida sin decir una sola palabra.

No tiene muy claro si eso es bueno o es malo.

Tampoco tiene muy claro si realmente importa una vez que ha empezado a hablar.

-Y además los amables secuestradores se negaban a traerme el café con dos cucharadas de azúcar y una de sacarina- respira hondo, tedioso. Sin abrir los ojos se quita la bolsa de gel del hombro izquierdo y la apoya sobre el muslo derecho donde tiene la marca del segundo impacto- y tampoco me quitaban la música cada vez que entraban en la cueva.

-Oh – se sorprende- ¿Había música?

-No.

Puede oler el yodo a distancia y sentir el tacto húmedo del algodón sobre su piel. Escucha el rasgar del plástico cuando Pepper saca los puntos adhesivos de su estéril envoltorio y siente las punzadas de dolor cuando maniobra sobre la herida abierta.

Abre los ojos en un impulso bastante inconsciente y porque Tony Stark no sabe mucho de conversaciones trascendentales pero sabe lo suficiente como para asumir que hay cosas que simplemente hay que decir cara a cara, incluyendo los ojos abiertos.

Lo que sucede a continuación es un fragante error de cálculo porque empieza a hablar a la vez que en su mente se registra la imagen y la sensación de Virginia “Pepper” Potts, soplando delicadamente sobre su herida. Sobre el hueso de su cadera. Arrodillada entre sus piernas.

-Lo que quería decir es que te eché de menos- y su voz suena diminuta y entrecortada y solo para quitarle un poco de hierro enarca las cejas y sonríe de medio lado.

El sótano está más oscuro de lo habitual y echa de menos su música de fondo llenando su cabeza de letras y sonidos diversificando su atención. La adrenalina de su cuerpo comienza a bajar a niveles razonablemente normales y el dolor de cada magulladura comienza a incrementarse haciéndole estar de repente terriblemente cansado.

Pepper termina. Le baja con cuidado la camiseta a su posición original pero deja la cinturilla del pantalón esquivando la herida y comienza a recoger el botiquín y las gasas usadas.

-Sube a la habitación, te traeré otra bolsa de gel frío- dice, y sin ninguna otra conveniente advertencia apoya un brazo sobre el respaldo del sofá y se inclina sobre él apoyando sus labios sobre los de él unos segundos – descansa- ordena cuando se incorpora y desaparece botiquín en mano.

Es la vigésimo cuarta noche y siente pinchazos agudos en todas las partes del cuerpo que sabe reconocer y algunas de las que no podría ni pronunciar pero Tony Stark no recuerda una mejor en mucho tiempo.


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La vigésimo quinta noche ni todos los calmantes que se pueden comprar con su inmensa fortuna pueden hacer que no le duela hasta las pestañas que se le cayeron el año pasado.

Las paredes de su habitación parecen encogerse con cada segundo que pasa despierto, en penumbra, mirando al infinito más allá del techo en el que no aparecen reveladas las soluciones a todos sus problemas.

Nunca ha pasado demasiado tiempo en su dormitorio más allá del estrictamente necesario ni más allá del de obligado cumplimiento para con sus acompañantes nocturnas y alguna que otra diurna. Desde luego nunca ha pasado tanto tiempo en su cama sin compañía femenina para paliar el aburrimiento.

Cuando la puerta se abre y deja pasar la luz y la silueta de Pepper Potts, Tony está a punto de rezar de alegría (si supiese algo) y dar un par de saltos mortales (si no le resultase del todo mortal pensar siquiera en dar un salto).

-¿Necesitas algo, Tony?

-Necesito levantarme de aquí.

-No va a suceder.

-Aguafiestas.

Lleva el pelo suelto y unos pantalones vaqueros y camiseta en lugar de su acostumbrado vestuario laboral impecablemente elegante y puede que su mente hiperactiva se lo esté imaginando pero puede oler su perfume a vainilla y caramelo desde su cama.

Sonríe.

-Buenas noches entonces.

Pero antes de que ella termine de darse la vuelta y antes incluso de que sepa que va a decir su voz se eleva a pesar de las molestias.

-Pepper- y espera a que le mire para decir lo que realmente quiere decir – quédate.

-Mi habitación ya está preparada.

La habitación tiene demasiadas sombras y no se atreve a interpretar sus silencios sin ver con claridad la expresión de su cara, pero los muros parecen alejarse cuando ella está cerca y el aire se le antoja un poquito más fresco.

-Tengo una cama muy grande.

-Eso dicen en las revistas- la oye moverse, acercándose a la cama – también comentan que suele estar muy concurrida.

-No deberías creerte todo lo que se comenta – dice - quédate –insiste.

La cama cede ante su peso cuando se sienta cautelosa en el otro extremo de la cama que de repente se le antoja estúpidamente ancha.

-No voy a cantarte nanas, Stark.

-No era mi intención, Potts.

Sube las piernas y se apoya en el cabecero haciendo que pierda un latido de esos que no le sobran.

-Tampoco pienso andar comprobando si tienes fiebre.

-Ni se me ocurriría.

Se hunde un poco más en la cama, se recuesta de lado, enfrentándole, a tan solo un océano de colchón de distancia.

-Bien. Porque no soy tu madre ni tampoco tu médico.

-Bien. Porque no necesito una madre y no quiero un médico.

Respira hondo. Cierra los ojos.

Huele a vainilla y el dormitorio no parece tener paredes que le impidan respirar. No hay silencio, no hay ruido, tan solo la suave cadencia de sus respiraciones acompasadas que suena exactamente como un vaso de leche caliente y una manta sobre los hombros en invierno al calor de una chimenea y como otro millón de cosas sobre las que dormirse y soñar.

-Nadie cancelaba reuniones a última hora- dice tan bajito que Tony no sabe si lo ha soñado – Y nadie manchaba de grasa la alfombra del salón ni me llamaba a las cuatro de la mañana desde Alemania porque se aburría.

Le cuesta tragar y la respiración se le acelera dos tiempos porque no sabe si está interpretando correctamente lo que está diciendo pero su voz suena a secretos entre las sábanas en invierno y cuando su brazo se mueve sobre la colcha y le tantea a tientas hasta que encuentra su mano y entrelaza sus dedos diminutos entre los suyos adormecidos, coge aire tan profundamente que le duele en todas las heridas de su cuerpo.

-Lo que quería decir es que te eché de menos.

Y su voz suena exactamente al sonido con el que querría despertarse el resto de su vida.



Continua en la siguiente entrada porque LJ me odia bastante
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