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Yo
Fucking Nice
...varios desvaríos de una freak en internet
Ironfic: más de lo mismo 
18th-Nov-2008 10:29 am
IM: Lust
Más que nada porque estoy harta de tener este fic en el disco duro (no vaya a ser que me de por escribir más, he decidido intentar publicar toda la historia del tirón (si el servidor del curro me deja)

La vigésimo sexta noche Jarvis mantiene las ventanas abiertas por petición expresa de su dueño y Tony escucha las olas de Malibú romper sobre las rocas que constituyen los cimientos de su casa.

Lleva casi cuarenta y ocho horas seguidas en la cama cortesía de unas cuantas balas de cañón y la obsesión patológica de su asistente de que siga las órdenes médicas que se le prescriben. Probablemente son más horas seguidas de las que ha pasado en una cama desde que dejó de contar su edad en meses; con toda seguridad son más horas de las que pasa durmiendo cualquier semana del año.

-¿Tony?

La puerta se entorna dejando pasar un rayo de luz artificial que se pierde en la tenue oscuridad de la habitación. Las nubes ocultan la luna y solo la suave luz azulada de su reactor ilumina la habitación.

-¿Vienes a comprobar si por fin he muerto de aburrimiento para poderte quedar con todo mi dinero?

Pepper abre la puerta de par en par, haciendo equilibrios circenses con una pequeña bandeja con un vaso de agua mientras cierra la puerta tras ella. Lleva ropa informal y una coleta baja y Tony sabe que esta noche tampoco irá a su apartamento a dormir.

-Has descubierto mi malvado plan secreto-dice con un humor sutil en la voz y se acerca a su mesilla con el vaso de agua y un par de calmantes- ahora tómate tu estricnina y calla.

Se mete las dos pastillas en la boca y da un solo trago de agua sin siquiera terminar de incorporarse y vuelve a su posición original, de lado sobre el hombro bueno, con el brazo derecho bajo la almohada sujetándola, una pierna fuera de las sábana y la otra enredada entre ellas.

Entre la cama y la cristalera, varios metros de oscuridad y Pepper, al contraluz de las ventanas, levemente alumbrada con su luz azul.

-Tengo que cambiarte los puntos – proclama como si fuese toda una revelación.

Se sienta en el borde de la cama a la altura de su cadera rebuscando en el primer cajón de la mesilla y Tony aspira hondo buscando ese aroma etéreo a especias dulces que lleva todo el día persiguiendo en su almohada.

-La ventana está abierta- es más una afirmación curiosa que una pregunta.

-Estaba escuchando las olas.

-¿Escuchando las olas?

Localiza el yodo, las gasas y los puntos adhesivos y los dispone meticulosamente sobre la superficie de la mesilla.

-Soy un espíritu inquieto, Potts, y no hay muchas nuevas experiencias que pueda probar recluido en mi cama, solo, sin ningún tipo de…- hace una pausa necesaria y busca los ojos de su empleada-… asistencia.

Enciende la lámpara de cabecera iluminándolos a los dos como si estuviesen debajo del único foco en un escenario oscuro.

-Sábanas de algodón egipcio, veinticinco mil canales de televisión y las mejores vistas de la costa oeste. No sé cómo la Organización de Derechos Humanos no lo ha declarado tortura todavía.

-Francamente, yo tampoco. Creo que deberíamos mandarles una carta. Tú la escribes, yo la firmo.

-Claro- dice cogiendo delicadamente el final de su camiseta y subiéndola lentamente- estoy segura de que ninguno de los dos tenemos pendientes cosas más importantes.

Tony se deja hacer mientras Pepper trata de descubrir la herida de su costado, balanceándose, moviéndose lo justo para que ella pueda seguir subiendo la prenda hasta dejar la mayor parte de su pecho desprovisto de tela.

-Creo que disfrutas con esto- dice divertido mientras observa su expresión de pura concentración cuando le quita los primeros puntos con suma delicadeza.

Deja los puntos viejos en la mesilla y desliza los dedos con extremado cuidado bajo la cinturilla de su pantalón para dejar el resto de la herida al descubierto-¿Con quitarte la ropa? – pregunta en un tono descreído que Tony reconoce a la perfección; es el que ha utilizado durante años para contestar a sus insinuaciones.

Sonríe -Me refería a infringirme dolor aunque prefiero lo de quitarme la ropa- ella se ruboriza claramente mientras le aplica yodo en la herida y Tony tiene que concentrarse en no reír a pesar del dolor- De hecho me gusta tanto la idea que creo que a partir de ahora deberías ser tú la única que me quite la ropa, Potts. Me tendrás que quitar el pijama todos los días si quieres que vaya presentable a la oficina, como en la corte de Versalles del siglo dieciséis- Pepper termina con el yodo y lo cierra dejándolo en la mesilla junto con las gasas usadas- Mañana mismo haré que lo incluyan en tu contraaahhhhhh…

El tiempo se para, se detiene, ni siquiera las olas parecen seguir chocando contra las rocas más allá de la ventana. Las paredes de la habitación parecen rebotar silenciosamente el eco de ese sonido gutural y ahogado que le han oído proferir miles de noches antes con miles de mujeres diferentes en un contexto muy concreto.

A la altura de su cadera, concretamente a cuatro centímetros y medio del hueso descubierto de su cadera que es exactamente donde sin previo aviso Pepper había comenzado a soplar un poco más fuerte que una respiración sobre el yodo húmedo de su herida, la piel de su asistente parece haber entrado en incandescencia mientras decide cuál será su próximo movimiento.

-Volveré cuando la herida se haya secado – se levanta como activada por un resorte y empieza la huída hacia la puerta antes de que Tony pueda agarrarla del brazo para que no se vaya.

-Quédate- su voz suena rasgada y desesperada y consigue que Pepper se quede clavada a dos de pasos de la puerta, de espaldas a la cama.

-No creo que sea buena idea.

-Quédate a dormir – suplica.

-Tony…

-Es una cama muy grande, Pepper. Ni siquiera sabrás que estoy aquí – suena patético, realmente patético, pero le importa un puto carajo.

Se da la vuelta y le sonríe indulgentemente.

-¿La misma mujer en tu cama dos noches seguidas mientras sólo duermes? – cruza los brazos a la altura del pecho como si todo fuese parte de su habitual juego – no sé si tu reputación podrá resistirlo.

-Es la única manera en la que vas a conseguir que me quede seis horas más aquí tumbado.

La luz de la mesilla sigue encendida y hace imposible que distinga la expresión de Pepper en la distancia. Las olas rompen, dos, tres, cuatro veces antes de que ella tome una decisión, descruce los brazos en una actitud cansada y emprenda el camino de vuelta hacia él.

-Voy a ponerte los nuevos puntos- dice

Tony respira hondo y ella maniobra cautelosa evitando que sus dedos rocen innecesariamente su piel, como una eterna sugerencia que nunca llega a ser nada más que eso.

A la una de la mañana los calmantes hacen su efecto y Tony cierra los ojos y deja de observar la silueta de su asistente al otro lado de la cama. A las dos, la temperatura ha bajado tres grados y Jarvis cierra la ventana. A las tres, una mala vuelta en sueños hace que se despierte de dolor al haber apoyado todo su peso sobre su hombro izquierdo. A las cuatro todavía es pronto para que amanezca. A las cinco, el efecto de los calmantes comienza a ceder poco a poco. A las seis, duerme pero no sueña y está a punto, a punto de despertarse cuando algo suave y templado sospechosamente parecido a un beso le roza la comisura de los labios. A las siete, cuando se despierta, está solo en la habitación con los primeros rayos del sol pero cuando cruza la cama y hunde su nariz sobre la otra almohada sus pulmones se inundan de olor a melocotón y vainilla.
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La vigésimo séptima noche sueña con Yinsen agonizando en aquella cueva oscura. Su mirada tranquila mientras se le escapaban los latidos con cada respiración entrecortada. Le ve morir en aquel suelo polvoriento una y otra vez, sin principio y sin final. Una y otra vez.

-No malgastes tu vida – le dice siempre antes de morir y cada vez parece un golpe en el estómago que le deja sin respiración.

Sus ojos se apagan lentamente y muere unos segundos antes de que todo vuelva a empezar.

-No malgastes tu vida- le dice de nuevo y Tony se despierta empapado en sudor enredado entre las sábanas con una sensación casi dolorosa en la garganta, como si estuviese faltando a una promesa silenciosa que no sabía que había jurado.

El corazón le late deprisa y se incorpora en la cama mesándose el pelo húmedo con ambas manos. Cuando cierra los ojos todavía le ve, muriendo con media sonrisa en los labios y la mirada tranquila, sabiendo que dar la vida por él era su último legado y confiando el potencial que había visto en él para cambiar el mundo.

“No malgastes tu vida” resuena en su cabeza.

-Jarvis- chilla más alto de lo necesario – Llama a Nick Fury, tengo una propuesta que hacerle.

-Son las cinco de la mañana, Señor.

-¿Si te pido que incrementes la seguridad me darás la renta per capita del estado? – Contesta molesto- porque lo mismo ha llegado la hora de reprogramar ciertas…

-Llamando al Señor Fury. Esperando respuesta.

Ya es hora de que empiece a cumplir ciertas promesas.
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La vigésimo octava noche llega con cuatro horas de retraso sobre las eternas luces de Nueva York.

Desde lo más alto de la Torre Stark todo Manhattan se rinde a sus pies, los anuncios de Broadway, las tiendas de la Quinta Avenida y la espesura de Central Park. Reconoce que no es una mala vista aunque se ha acostumbrado a las sinuosas curvas de las playas de Malibú. En todos los sentidos posibles.

-Pepper – le dice a su teléfono y su voz resuena con eco entre las paredes de la planta desierta.

-Deberías estar durmiendo – le contesta su asistente a modo de saludo cuando la línea deja de dar tono.

-Esta es la ciudad que nunca duerme-hunde la mano que no está sujetando el teléfono en el bolsillo de su pantalón- la ciudad se sentiría terriblemente decepcionada si me fuese a dormir a una hora decente.

-Mañana tienes reunión del comité a las diez de la mañana.

-Perfecto, dormiré durante la reunión.

-No, no lo harás. Tengo lápices afilados y sé cómo utilizarlos.

-Promesas, promesas.

Puede imaginarla elevando los ojos al cielo con resignación y sonríe ante la imagen mental.

-¿Qué tal ha ido? – pregunta al fin.

-Bien, habrá que hacer reformas pero ya tenemos cuartel general- se encoge de hombros y pasea por delante de la cristalera que le muestra las luces de la ciudad.

-Bien- le contesta y hay unos cuantos segundos en los que ninguno de los dos dice nada en absoluto – Buenas noches Señor Stark.

-No puedo dormir- se apresura a decir antes de que cuelgue y cuando no escucha nada al otro lado continúa hablando sin saber exactamente que decir hasta que lo dice- Creo que tengo jet-lag. Y me aburro. Las lucecitas me distraen. Es posible que también tenga insomnio. Y te echo un poco de menos. Y me he dejado los calmantes en Malibú. ¿He dicho ya que me aburro?

Oye un suspiro al otro lado de la línea, algo a medio camino entre el cansancio y la resignación a una rutina inexistente.

-Tony, coges un avión en cuatro horas- y suena como si no le hubiese escuchado en absoluto, o peor aún, como si lo hubiese hecho y no le creyese una sola palabra.

-Cierto- le concede.

-Prueba a contar ovejas.

Sonríe porque Manhattan está a sus pies con miles de clubs de moda llamándole con sus neones y él está hablando de contar estúpidos animales con su secretaria que está a unos cuantos estados de distancia.

-Las ovejas son aburridas.

-Pues prueba a contar strippers.

-O podrías contarme un cuento.

Ni siquiera hace como que se lo piensa -Buenas noches, Señor Stark.

La planta se llena del agudo sonido del tono de línea telefónica cuando Pepper cuelga a kilómetros de la ciudad que le reta con su frenética vida nocturna, pero la idea de pasar la noche entre copas, humo y música imposiblemente alta rodeado de aspirantes a modelo, aspirantes a actrices y aspirantes a escalar unos cuantos puestos en la lista semanal de popularidad como ha pasado tantas y tantas otras noches a lo largo de su ajetreada vida, no le resulta remotamente tan entretenido como la perspectiva de despertar a su piloto, sobornar y presionar a unos cuantos controladores aéreos y sacar a Nick Fury de la cama indecentemente pronto para volver a Malibú dos horas antes de lo previsto.

Guarda el teléfono en el bolsillo y se despide de Manhattan desde el último piso del edificio en el que vivió durante quince años.

Es hora de volver a casa.

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La vigésimo novena noche ya no necesita los puntos. La herida del costado es solo un doloroso arañazo carmesí y el resto de moratones que tiene distribuidos por el cuerpo forman una interesante paleta de tonos verdosos y amarillentos.

Termina de ducharse y se seca con cuidado antes de anudarse la toalla a la cintura y salir del cuarto de baño con el pelo goteando evidenciando su rastro.

-Jarvis.

-Sí Señor.

-¿La señorita Potts se ha ido ya a casa?

-Todavía no, señor, está recogiendo sus cosas en el despacho.

-Gracias Jarvis.

Dos reuniones con jefes de departamentos de los que nunca había oído hablar, tres videoconferencias con sus fábricas de Utah, Tennessee y New Jersey e interminables columnas de documentos para firmar, y a pesar de todo está bastante seguro de que Virginia Potts ha estado esquivándole durante todo el día. Es más, está completamente convencido de que lleva esquivándole tres días enteros.

No se molesta en vestirse. No se molesta siquiera en secarse el pelo o peinárselo con las manos, camina hacia el despacho lo suficientemente deprisa para cruzarse media casa en medio minuto y no llama a la puerta antes de abrirla de par en par como si de una entrada triunfal se tratase.

-¿Necesito hacerme daño más a menudo?

Pepper está inclinada sobre el escritorio principal recogiendo el portátil y enfundándolo en su correspondiente bolso de cuero.

-¿Qué? – pregunta deteniendo su tarea.

-Te pregunto si necesito hacerme daño más a menudo.

Ella parpadea un tanto perpleja y Tony espera a que empiece a hablar para interrumpirla.

-No entiendo qué quieres...

-He comprobado empíricamente que solo pareces dispuesta a contemplar la posibilidad de besarme cuando estoy en algún grado de recuperación física.

-Eso es absurdo.

-No, está bien. Puedo aceptarlo- Tony da un par de pasos hacia el centro de la habitación y Pepper deja el ordenador para cruzar los brazos sobre el pecho defensivamente- Ya sabes, el amor duele y todas esas chorradas. Puedo aceptarlo si vas a seguir besándome.

Sus hombros se tensan bajo el traje y su expresión según se acerca a ella con pasos lentos y estudiados es demasiado neutral para ser casual, como si se estuviese acercando a una presa nerviosa que busca desesperadamente una salida.

-Eso no fue un beso.

Se acerca más, lo suficiente para que su falta de calzado y la verticalidad de los tacones de ella se hagan evidentes en la altura de sus miradas.

-Tus labios entraron en contacto con los míos, Potts. Esa es la definición de beso.

-Estoy bastante segura de que esa no es la definición de beso ¿Jarvis?

Se apoya sobre el escritorio con ambas manos dejando a su asistente escaso espacio para maniobrar entre sus brazos y cuando se inclina sobre ella no la deja otra salida que sentarse sobre el mueble.

-Ni se te ocurra Jarvis o te juro que la línea de programación más compleja que te quedará será un cero y un uno- no deja de mirarla a los ojos- Aunque si es una crítica constructiva, puedo hacerlo mejor.

Una gota de agua se escurre del pelo del flequillo aterrizando torpemente sobre su hombro derecho y es imposible no ver cómo Pepper desvía la mirada para seguir su recorrido en el descenso por su pecho.

-Deberías vestirte – le dice, pero en lugar de eso él apoya el peso de su cuerpo sobre sus brazos en el escritorio, se inclina y la besa.

Muerde levemente su labio inferior, lo arrastra hasta dentro de su boca, succiona y pasea su lengua por él en un proceso agonizantemente lento. Cuando escucha un sonido que es la mezcla perfecta entre un suspiro y un gemido cambia de inclinación y comienza la insistente exploración de la boca de Pepper. Enrosca su lengua con la suya, embiste, cede, profundiza y trata de ignorar la sensación de vacío en el agujero en el que solía estar su estómago y la vocecita molesta de su cabeza que le insiste en que si deja de besarla tendrá un fallo cardiaco.

Huele a vainilla y a melocotón y –mierda- huele a Pepper en todos lados y si no tiene cuidado se le va a caer la toalla y entonces no tendrá más remedio que tumbarla sobre la mesa y darle una verdadera utilidad al condenado escritorio.

Apenas se están tocando, apenas han cambiado de posición y mientras Pepper le muerde el labio inferior y él lame todo lo que tiene al alcance, tiene que esforzarse en acordarse de respirar de vez en cuando hasta que ella gira la cabeza lo suficiente para que el ángulo sea imposible y se echa hacia atrás.

-Déjalo- continúa con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior, rojo, hinchado, y a Tony nunca le han dicho nada que se parezca tanto a “continúa” – Deja de tratar de llevarme a tu cama.

-No lo hago- están a cinco centímetros de distancia y Tony se juega el alma en cada milímetro- estoy tratando de que tú quieras llevarme a la tuya.

Eso hace que ella abra los ojos y le mire como si se fuesen a derretir todos los glaciales del planeta por su culpa y no pudiese evitarlo, le mira exactamente igual que le miró aquella noche en el balcón del Disney Hall y es posible que sea parte de un complejo ejercicio de control mental porque una vez más, Tony se queda clavado en el sitio, helado, castigado como una estatua de sal por ver más de lo que debería.

No hace nada.

No hace nada y podría hacerlo, debería hacerlo porque apenas les separan unos centímetros de aire y no recuerda haber tenido tantas ganas de besar a alguien en su vida.

-¿Qué?- su voz suena diminuta y algo aguda

-Digo que no quiero engatusarte para llevarte a la cama- lo dice despacio, susurrando, con voz grave y perdida mientras la mira a los labios y se esfuerza en la semántica porque no les queda mucho lugar para malentendidos- sino que quiero que tú quieras estar allí y que me quieras a mi contigo.

Suena patético. Y confuso. Y mucho, mucho más llorica de lo que sonaba en su cabeza pero algo debe de hacer bien porque apenas termina de decirlo Pepper le rodea el cuello con los brazos y le besa como si llevase esperando meses para hacerlo.

No se hace de rogar.

Abre la boca y la saluda con una caricia de su lengua contra la suya, suave, constante, mueve sus labios al ritmo de sus respiraciones; lento al principio, casi frenético después. Deja que Pepper le indique dónde ir, cómo, cuándo y con qué presión, se deja hacer cuando ella cambia la inclinación, cuando gana profundidad haciendo que sus narices se aplasten contra la mejilla del otro, cuando apenas le muerde la lengua y hunde sus manos en su cabellera mojada peinándole a contrapelo y haciendo que se le erice la piel hasta las yemas de los dedos de los pies.

Cuando empieza a faltarle el oxígeno se deja resbalar por la comisura derecha de la boca de Pepper dejando un rastro húmedo hasta el punto exacto donde acaba el cuello y muerde con suficiente presión para dejar marcas rojas sobre su piel.

-Si me dejas una marca en el cuello mañana se lo explicas tú a mi jefe – lo dice con un hilo de voz entrecortado que parece un suspiro hecho de palabras.

-Tranquila Potts, planeo dejarte marcas en sitios mucho menos decorosos – y para remarcar su postura lame la piel enrojecida haciéndose hueco en el cuello de su blusa.

Pepper gime. Un gemido ahogado y deshecho que viaja directamente a su entrepierna y se le ocurre que tiene que hacer un detallado inventario de lo que hace que Pepper emita ese sonido para futuras referencias. También se le ocurre que ella va demasiado vestida y que todavía no ha quitado las manos del escritorio, y que tiene que cambiar ambas cosas en un futuro inmediato.

Se separa apenas un milímetro y busca a tientas el dobladillo de la recta, seria y profesional falda de tubo de Pepper y utiliza el pulgar y el dedo índice extendidos para deslizar sus manos sobre la piel desnuda de sus muslos y subirle la falda casi hasta la cintura. Cuando la coge de detrás de los muslos para elevarla ligeramente y sentarla sobre el escritorio situándose entre sus piernas, el roce hace caer su toalla y el cambio de altura que los zapatos de ella se precipiten al suelo.

Pepper deja caer la vista hasta su erección con la boca entreabierta y cuando se lame los labios para humedecérselos Tony no sabe si reír o llorar o repasar los primeros cincuenta decimales del número Pi.

Tiene que admitir que hay bastante que decir a favor de la anticipación porque no recuerda haber esperado tanto para intimar con alguien desde hace milenios y desde luego no recuerda en absoluto estar tan excitado a semejantes alturas del partido en la vida.

La besa el cuello mientras le desabrocha la camisa. Muerde, succiona, lame, arrastra sus dientes por la suave piel de ella con la presión justa para no dejar marcas permanentes, busca con los labios qué le hace gemir de esa manera que debe de ser delito en al menos una docena de estados sureños, prueba el lóbulo de su oreja mientras hunde la nariz en sus cabellos rojizos y cuando consigue deshacerse del último botón y ella se apoya sobre sus brazos extendidos hacia atrás. La visión fugaz de Pepper Potts medio despeinada, con los ojos entornados y los labios hinchados, en sujetador negro sobre piel delicadamente blanca y la falda enroscada en su cintura con las piernas abiertas es probablemente, por sí sola, una de las mejores experiencias sexuales de su vida y sin duda una imagen que va a perseguirle en sus pensamientos de madrugada con recurrencia.

-Si nunca vuelvo a conseguir sacar trabajo adelante en esta habitación será completamente culpa tuya, Pepper- consigue decir mientras besa su abdomen.

-Oh ¿Cuál era tu excusa antes?

No intenta no reírse y en su lugar apoya la mejilla contra la piel de su estómago mientras lo hace y la rodea con los brazos abarcando con sus palmas abiertas buena parte de su espalda.

A Virginia Potts le gusta bromear durante el sexo, apunta mentalmente en ese apartado reservado para las cosas realmente importantes como la contraseña de desactivación de sus misiles y el número de caja fuerte donde guarda los planos de la armadura.

Cuando se incorpora ligeramente Pepper enrosca sus piernas alrededor de sus caderas y no puede evitar aspirar un golpe de aire entre dientes cuando siente la presión sobre su herida.

-Oh – Pepper cambia la expresión de su cara a la de la más pura preocupación en cuestión de unas centésimas de segundo – Perdona, Tony ¿Te he hecho daño?

Y antes de que Tony pueda decir o hacer nada al respecto Pepper baja las piernas y se aparta todo lo posible de él que teniendo en cuenta las circunstancias, no son más de cinco o seis centímetros.

Se aparta el pelo de la cara mientras inhala aire como si no hubiese bastante en la habitación y es a Tony al que se le olvida respirar. Su piel blanca brilla ligeramente húmeda bajo los fluorescentes, probablemente a causa de su pelo mojado y de los rastros de saliva de sus besos, y comienza a sonrojarse desde sus mejillas en todas direcciones hasta que un ligero rubor le cubre la cara, el cuello, los hombros y el pecho. No es hasta que Pepper empieza a maniobrar con la camisa con intención de cubrirse y a balbucear excusas que Tony es capaz de reaccionar.

-No deberíamos… - comienza a hablar cubriéndose los hombros para empezar a abrocharse el primer botón

-¡No!- lo dice con quizá demasiada vehemencia aunque le importa bastante poco porque el caso es que Pepper deja de vestirse

-Tony- emplea su tono conciliador, ese que usa cuando quiere que vaya a una junta a la que no piensa ir- tienes que descansar y tu herida…

No la deja terminar. Por supuesto que no la deja terminar, Pepper podía convencer a un esquimal para que comprase hielo si se le da el tiempo y la motivación suficiente y no piensa dejarle ninguna de las dos así que si inclina hacia ella y agarrándola de detrás de las rodillas con un brazo y empujándola desde los omóplatos con el otro la carga sobre su hombro derecho y empieza a andar en dirección al pasillo con Pepper cogida como si fuese un saco de patatas dejando atrás la toalla, sus tacones y alguna que otra prenda más.

-¡Tony ¿Qué haces?!Suéltame, te vas a hacer daño!

-¿Te acuerdas cuando antes te he dicho que no quería llevarte a mi cama? He cambiado de opinión.

Pepper se ríe y Tony hace la distancia que les separa de su habitación en tiempo record. No cierra las puertas tras de sí, no apaga las luces a su paso como un Rey Midas que pudiese dejar todo abierto y expuesto con un solo toque.

La deja caer sobre la cama sin demasiadas florituras y otra carcajada golpea el aire cuando rebota sobre el colchón.

-Vas demasiado vestida, Pepper- avanza sobre el enorme colchón con maneras felinas y mirada seductora- es algo realmente trágico.

Se recuesta sobre los hombros y se ríe discretamente con una cierta sofisticación natural que debería ser embotellada y vendida en las tiendas más exclusivas de París. No es exactamente la reacción que esperaba obtener pero se siente más que satisfecho con la respuesta.

Maniobra hasta que está sobre ella y ella se deja hacer, levantando una pierna o un brazo cuando la ocasión lo requiere, rodando perezosamente para darle acceso a la cremallera de la falda y al broche del sujetador pero sin poner de su parte más que lo estrictamente necesario.

Una a una, las escasas prendas se van amontonando al pie de la cama dejando solo lugar a piel sobre piel encima de las sábanas.

Besos largos y profundos, recorridos húmedos con la boca abierta a lo largo del estómago, del pecho, del cuello…, mordiscos suaves, indecentes e indecoros en sitios indecentes e indecorosos con una banda sonora de suspiros húmedos y gemidos ahogados.

El pelo de ella se desparrama por la almohada mientras Tony se coloca y busca el ángulo perfecto para que el reactor no la arañe la delicada piel del escote y del pecho, apoyado sobre sus brazos extendidos, y hay demasiada distancia entre ellos, bastante más de la que le gustaría pero es la primera vez que hace esto teniendo un sólido trozo de metal en el pecho y no se va a arriesgar a hacerla daño.

La noche cunde tras las cristaleras y Tony se mueve despacio, con ritmo y sincronía estudiados al son que le marcan las caderas de Pepper; dentro, más adentro, más fuerte, menos lento… respira agitada, con la boca semiabierta insinuando pecados y los dedos recorriendo con insistencia todas y cada una de las pequeñas cicatrices que le dejó la metralla y a él le arde el hombro izquierdo de aguantar la postura y las manos de no poder tocar más que el algodón egipcio de las sábanas.

Dobla el brazo derecho y se deja caer arrastrando consigo a Pepper hasta que ambos están de lado con las sábanas enredadas en los tobillos y la herida de su pelvis apenas siente la presión del movimiento.

Benditas endorfinas.

Lo había olvidado, había olvidado lo que era hacer aquello con alguien que realmente le gustase y no solo que fuese suficientemente agradable a la libido y a la vista.

El movimiento gana intensidad y se deshace en gemidos. Tony le besa el cuello y ella araña delicadamente su espalda con uñas de porcelana sin respetar ningún tipo de distancias, con sus pechos apretados contra la superficie casi empañada del reactor jugando a las luces y a las sombras.

Le falta el aliento, le sobra la piel y es realmente absurdo porque podría tener un master en este tipo de actividades nocturnas, podría dar clases en la universidad y escribir tratados sobre sexo y quizá lo haga pero Pepper gime en su boca cuando baja la mano entre las piernas y en ese momento está seguro de que va a correrse antes que ella y entonces tendrá que suicidarse o atarla a la pata de la cama y compensarla por ello durante la próxima década.

Tantea, acaricia, busca con los dedos ligeramente callosos el ritmo exacto que hace que Pepper pierda respiraciones y emita sonidos frustrados cada vez que deja de tocarla y se esmera en perfeccionar el movimiento.

Muerde, besa, se ahoga en gemidos y poco después de que Pepper se contraiga a su alrededor y todos sus músculos se relajen como si de repente fuese natillas calientes entre sus brazos, todo se vuelve borroso y mojado y caliente y mucho, mucho mejor de lo que recordaba.

Se deja caer sobre la almohada y hunde su nariz entre mechones pelirrojos mientras trata de decidir si se mudaría antes al punto exacto donde el cuello comienza a convertirse en hombro al trozo de piel a medio camino entre el muslo y el hueso de la cadera.

-Tengo que estar trabajando en unas horas – dice Pepper con un hilo de voz cuando recupera el aliento.

-Tienes el día libre.

-No, no lo tengo.

Parece molesta, como si hubiese algo fundamentalmente reprobable en el hecho de darle el día libre pero Tony ignora su ceño fruncido y tantea el terreno entre las sábanas una vez más.

-Sí que lo tienes, es política de la empresa. Todos los empleados tienen derecho al uso y disfrute de un día libre la jornada inmediatamente posterior a acostarse con el dueño de la compañía.

Pepper se tensa bajo sus manos de un modo casi alarmante y cuando sube la mirada tiene la mandíbula apretada y el gesto indescifrable.

-Si esa política de empresa existiese, las pérdidas anuales por extras de vacaciones con sueldo para el personal hubiesen sido probablemente astronómicas

Tony sonríe porque está bastante seguro de que es un chiste aunque no pueda detectarlo por el tono de su voz. Acaricia con extremo mimo la piel que cubre el camino del abdomen al muslo y vuelta, casi como un ritual, esperando un perdón por una falta que sabe que ha cometido aunque no tenga la menor idea de cuál ha sido.

-Nah, las perdidas estarían compensadas ampliamente por los miles de cientos de días de vacaciones que la empresa te debe y nunca te coges

Voilá. Pepper sonríe lo más mínimo y sus músculos parecen destensarse lentamente bajo sus dedos y no puede evitar sonreír también por puro acto reflejo.

-No voy a cogerme el día libre- advierte

Tony se arrastra sobre el colchón, con la noble intención de aprenderse de memoria el camino desde el tobillo hasta el punto exacto en el que acaba el lóbulo de la oreja.

-¿Puedo cogérmelo yo?

Lame sus pechos, se desliza por el estómago y se deja escurrir entre sus piernas en busca de segunda parte que no solo promete ser buena en contra del dicho popular si no que sabe sudor y a vainilla y a manos temblorosas que se agarran con fuerza a las sábanas.

Tiempo después, cuando por fin cae exhausto, no sueña y apenas descansa lo justo. Cuando se despierta mientras amanece las sábanas todavía están húmedas y el aire de la habitación cargado pero a parte de la voz programada de Jarvis, no hay nadie más que le de los buenos días.
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Es la trigésima noche.

Ha pasado exactamente un mes desde que el reactor de su fábrica estallase en mil pedazos llevándose por medio buena parte de la estructura del edificio.

Ha pasado exactamente un mes desde la última traición de Stane y no debería pillarle por sorpresa pero al día siguiente toda la prensa del país y buena parte de la del resto del mundo anunciará con grandes titulares la muerte de uno de los empresarios más influyentes de las últimas décadas y a Tony se le revuelve el estómago con solo pensar los fastuosos cortejos fúnebres a los que tendrá que asistir y los millones de condolencias sinceras que tendrá que aceptar.

Se rellena el vaso de licor por tercera vez desde que llegó a casa y camina descalzo por el salón hasta caer con ceremoniosidad estudiada sobre el sofá sin derramar una sola gota.

Treinta. Treinta veces treinta. Treinta veces treinta elevado a treinta.

Ha contado cada una de las noches, anotando mentalmente su ordinal con cuidado y aún así la fecha le ha pillado desprevenido. Ha pasado el día volando, huyendo, pensando. Tratando de encontrar los suficientes motivos para no convocar una rueda de prensa y destapar todas las mentiras que arrastra el nombre de Obadiah Stane.

Se le ocurre que Pepper probablemente dimitiría.

Se le ocurre que Rodhey posiblemente le retiraría la palabra.

Se le ocurre que Nick Fury le cortaría las pelotas y las pondría en una bandeja de plata. Seguro.

Bebe, traga y vuelve a beber hasta que puede ver la mesa a través del fondo del vaso.

Maldito jodido chiflado de los cojones.

Lo piensa, quizá lo dice en voz alta, tampoco es que haya nadie para oírle a parte de Jarvis. Se pone otra copa sin levantarse del sofá, tampoco es que haya nadie para pararle a parte de Jarvis.

Vacía el licor del vaso de un trago. Sería más práctico beber directamente de al botella solo que él nunca bebe directamente de la botella, claro que tampoco insulta nunca como un camionero y está bastante seguro de que acaba de hacerlo.

-Puto cabrón.

Está vez esta seguro de que lo dice en voz alta, tan alta como para que su eco reverbere en todos los rincones de diseño de la casa. Tampoco es que haya nadie a quien ofender

El alcohol comienza a cerrarle los párpados y a mecerle como si estuviese en un velero en plena marejada, ha estado en un velero en plena marejada y sabe perfectamente de lo que está hablando, y ahí, justo ahí, entre sus neuronas intoxicadas se instala la incómoda cuestión que lleva treinta días sin atreverse a responder.

¿Y si en realidad, nunca ha habido nadie?

Apoya un pie sobre el suelo y se agarra al sofá. Cierra los ojos y duerme.

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Comments 
18th-Nov-2008 10:28 am (UTC)
Me encanta.

Me hace gracia Tony, tan descarado en sus gestos pero incapaz de decir lo que quiere. Y me gusta el ritmo de la historia, tranquila y profunda. Las cosas pasan muy lentamente y aparentemente son como pequeños momentos, pero el significado que hay detrás de cada uno de ellos casi duele.

Y después, cuando todo pasa...uff haces que merezca la pena toda la espera, todo el tiempo que tony y pepper se buscaron el uno al otro.
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